Travesías

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Voy a tocar el mundo.

Voy a sentir la tierra latir en mis venas como un violín herido, la tomaré en mis brazos, criatura viva, para llenarla de luces y pulsos, para reconocerla habitada antiguamente por sustancias eufóricas como el amor y el silencio.

Voy a cerrar los ojos, plena. Taciturna y pura como el color blanco, doblegada a las canciones tejidas por los niños en el mar. Tiraré del hilo que hace nacer la risa y dejaré que el cuerpo ría como un poeta trastornado, que las vértebras se posean por el vaivén romántico de las ramas, que el calambre asalte el estómago y le otorgue el dolor de los que saben vivir.

Soy mujer y voy a tocar el mundo, su costilla, sus barajas y lúdicas costumbres, sus tribus y sus calles de asfalto, sus cumbres más ruidosas y su sexo silencioso. Seré las espigas seseantes de los campos, testigo de los trabajadores de sol a sol. Urdiré las corrientes profundas del océano, nombrando cada uno de los amantes anfibios que hipnotizan las sirenas. Seré todo aquello que la naturaleza requiera para abrazarse a la luz.

Voy a acariciar las manos del mundo con mi boca, voy a darle palabras, magia, embrujo. Voy a saciar la sed desnuda de los quietos hasta agotar mis huesos, y aún seguiré, un poco más allá de las cavernas donde muere el atardecer, incesante.

Día por día, pétalos del deseo, me dejaré transcurrir. Mis pedazos se marchitarán en todos los suelos y harán nacer nuevas raíces en la alquimia del viento y la soledad. Voy a dejar mi corazón eternamente en todos los ojos, hasta convertirlo en metales, caracolas, suspiros, ventanas y orgasmos. Voy a andar la tierra como un útero gestante, como una pequeña tormenta.

Voy a dejar que el mundo me toque y me transforme, irremediable.

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